NO TODO ES TAN BONITO

LauraAVENTURAS, VIAJAR CON NIÑOSLeave a Comment

Puede que para unos pocos si lo sea, pero, para la gran mayoría de los mortales la vida tiene momentos para  todo: buenos, regulares y malos.  

Ya de por sí, la vida es difícil y nosotros en infinidad de ocasiones nos la complicamos aún más. En muchas  ocasiones sin motivos importantes. ¿Por qué a veces nos cuesta tanto ser felices? ¿Por qué nos complicamos  tanto? 

En esta ocasión no hablo de un destino en concreto. Ni de que ver o hacer en un lugar -ya habrá tiempo para  eso-. Si no de una realidad -o, al menos, de mi realidad-, y una experiencia personal ocurrida durante un viaje.  

En mayor o menor medida todas las personas tenemos preocupaciones y problemas. Esa es la realidad. E  incluso preocupaciones mentales de si lo estamos haciendo bien. Donde podemos mejorar. Que es necesario  cambiar… 

Me encanta viajar y salir de casa con el peque al aire libre, disfrutar de cada día al máximo, sea a 5.000  kilómetros de casa o aquí al lado, pero la realidad es que hay días complicados. Días que no apetece porque  estas agotada -pero lo haces-, días que tienes la cabeza en otras cosas -pero lo haces-, días que físicamente 

te encuentras mal por el motivo que sea -pero aún así, lo haces-, y días que terminas llorando. Si. Llorando. Bien por la tensión acumulada del ese día, bien por impotencia o por el simple hecho de estar agotada.  

Pero lloro y gracias a las lágrimas libero esos sentimientos. No es nada malo ni tenemos que avergonzarnos de  ello. De hecho creo que es algo bueno. ¿Para qué sirve acumular tensiones? Al final el peso emocional que  vayamos cargando va a repercutir de algún modo. 

Gracias a la meditación he aprendido a tener más paz mental. A todos los que estén leyendo si no meditan se  lo recomiendo encarecidamente. El poder dejar la mente en blanco, sin preocupaciones, sin tensiones,,, es una  sensación de quietud única y actualmente para mi, necesaria. Aunque sean unos minutos al día. 

He aprendido, entre otras cosas, que tanto mental como físicamente los padres ganamos un pulso cada minuto  del día, solo por el hecho de estar con nuestros hijos, de disfrutar de ellos, pero también de luchar, pelear,  discutir y, en muchas ocasiones, de desesperarnos. ¿Quién no ha reñido ni se ha enfadado con sus hijos  alguna vez? ¡Yo sí! ¿Quién no ha dicho en alguna ocasión «me voy y aquí os quedáis»? Pero te quedas,  porque sabes que es pasajero, que todo se tranquilizará. Que solo es la tensión del momento. 

La realidad es esa. La realidad es que hay días que son muy duros, que se junta todo, trabajo, casa, lloros,  problemas, dolores, cansancio…  

Estamos viviendo en una época de «filtros» y a veces se nos olvida que somos personas con derechos. Con  derecho a gritar y soltar lo que llevamos dentro, con derecho a llorar, con derecho a decir «¡hasta aquí!» o  «¡vale ya!». Se nos olvida que no hay parejas o familias perfectas, que todos discutimos y no estamos  sonriendo las veinticuatro horas del día. Se nos olvida que tenemos que querernos más y, sobre todo,  queremos mejor. Debemos cuidarnos a nosotros mismos para así poder cuidar a los que nos rodean. Debemos  tantas cosas…  

Hay veces que necesitamos que el día tuviera treinta y seis horas porque veinticuatro se nos quedan cortas.  Hay veces que necesitamos seis manos, cuatro pies y transformarnos en dos cuerpos porque en uno solo no  nos da tiempo a hacer todo. Hay veces que necesitamos un abrazo. Hay veces que necesitamos una palabras  de consuelo y que nos digan que todo va a salir bien. 

La vida no es fácil ni perfecta y, con hijos, menos aún (y no podemos culpar a nadie, ¡lo sabíamos!), hay  horarios, preocupaciones, la comida, el baño, la cena, cansancio, jugar, ir al parque, agotamiento, carreras por  el pasillo luchando para que se vaya a la cama, ojeras… ¡esa es la realidad de los padres! ¡No es todo tan  bonito!

Viajar permite ver el lado más perverso del ser humano. Ver ciudades abandonadas que han sido devoradas  por la naturaleza como los Templos Angkor, países con minas antipersonas, guerras absurdas y constantes por  territorios, crímenes contra la humanidad como en Auschwitz o Dachau, personas mutiladas pidiendo en la  calle, la pobreza más extrema, el mayor horror abandonando a tus propios hijos, es en esos momentos donde  te preguntas, ¿dónde está la humanidad? ¿dónde? 

…y de repente encuentras manos solidarias. Manos que sin pedir nada a cambio están ahí, apoyando y  ayudando. Ahí está la humanidad, en todas esas personas, todavía queda gente que piensa que seas como  seas y de donde seas, dentro de cada ser humano palpita el mismo corazón. Eso quiero enseñarle a mi hijo. Lo  que somos por dentro, no por fuera, al fin y al cabo eso es solo un envoltorio.  

Viajar no es siempre fácil. También te enfrentas a situaciones de tensión, a engaños o decepciones. Pero si  seguimos viajando será por algo, ¿no? 

En el último viaje he podido comprobar como había días que no entendía nada, creo firmemente que el tiempo  jugará a mi favor y todo habrá valido la pena. Pero ver a niños cargados con bolsas, cajas y más cajas,  trabajando, vendiendo cualquier tipo de artesanía, comida o bebida en plena carretera llena de circulación…,  niños a los que creo -y, esta es mi opinión-, que se les está robando su infancia, por el simple hecho de haber  nacido en ese lugar. Y después mirar al mío y hablarlo con él (de la mejor manera que podía hacerlo para que  lo entendiera), y que él solo pensara en «jugar» me desquiciaba y añadía tensión al viaje. Hablaba conmigo  misma diciéndome que todavía es pequeño pero, que lo acabará entendiendo y… respiraba hondo. Muy  hondo. En esos momentos es donde el pranayama hizo efecto y comprendí una vez más cuán necesario se ha  vuelto la meditación para mí.  

Me generaba desazón el que no entendiera lo que le estaba diciendo. La suerte que él tiene. Que tiene ropa,  comida siempre en la mesa, libros para leer y aprender, juguetes… Y que sus respuestas fueran «vale mami»,  pero… ¿lo has entendido de verdad?, «si mami», y al nanosegundo pensaba otra vez en jugar o correr, como  haciendo caso omiso a mis palabras. Y si, lo sé, eso es lo que deben hacer los niños. Jugar, correr, caerse,  ensuciarse, saltar en los charcos, despeinarse… ¡no trabajar!

Pero la angustia y el dolor en el pecho me lo producía el que no entendiera mis palabras. No sé si los que me  estáis leyendo habéis tenido esa sensación viajando con vuestros pequeños. Día tras día cada vez que  veíamos a un niño volvía a hablar con él, que observara, que mirara con otros ojos, desde dentro, desde el  corazón. Se lo decía con todo el cariño y tacto del mundo -entre otras cosas porque él no tenía culpa de la  rabia interior que pudiera sentir yo al ver aquellas escenas-. Todas las noches veíamos las fotos de lo que  habíamos hecho durante el día, para que lo recordara, para que viera lo afortunado que es. Que no en todo el  mundo es igual. Hay niños que no saben lo que es tener juguetes y aún peor, niños que no saben lo que es  tener ni el amor de sus padres (aquí hablo de mi voluntariado en un orfanato en Uganda donde todos los niños  habían sido abandonados por sus progenitores). Esos niños sí que tienen preguntas en sus cabezas y un  sufrimiento real que superar. 

Viajar no es fácil en «viajes así»… Esas sensaciones jamás se olvidan.  

Todavía no se si ha entendido mis palabras, pero estoy convencida de que vamos por el buen camino aunque  a mi me cueste «tragar» por el nudo que tengo en el pecho al creer que todavía no lo entiende bien.  

No todo es tan bonito dice el título de este artículo y, así es, hay veces que sientes que hay algo que no estás  haciendo bien, te preguntas una y otra vez si vas por el buen camino o no.  

A pesar de que no todo sea tan bonito como nos creemos, no lo cambiaría por nada. Repetiría todas y cada  una de mis decisiones, porque ellas me han traído hasta aquí.  

A pesar de hacerme preguntas, llorar, gritar, enfadarme y, a sabiendas de que necesitemos tiempo para ver los  «resultados», de algo estoy segura y es que seguiré igual. Seguiré enseñándole el mundo, seguiré mostrándole  fotos y vídeos de cada viaje para que no se le olvide, seguiré estando ahí todos los días de mi vida. Porque sé  que tarde o temprano todo habrá valido la pena.  

Dejo esta reflexión de una frase que leí hace tiempo y desconozco al autor/a de ella: «Aunque sacudas con  fuerza el reloj de arena, cada grano caerá a su tiempo. No fuerces nada. Todo llega». 

Lee nuestro artículo sobre Islandia aquí, y escucha el episodio del podcast hablando de Autocaravanas, voluntaríado y mucho más aquí

Me llamo Almudena y mis pasiones son la lectura, la meditación y viajar todo lo que pueda (aunque sé  que Me llamo Almudena y mis pasiones son la lectura, la meditación y viajar todo lo que pueda (aunque sé  que será imposible por falta de tiempo y dinero…). Antes viajaba de mochilera con mi pareja y con mis amigas. Después fui madre y me uní al mundo de  las autocaravanas -sin olvidar mi pasado-. Ahora viajamos de ambas maneras los tres juntos, dándole al niño lo  que más nos gusta, viajes con experiencias, cultura y aventuras. Serán unos recuerdos para toda la vida.  Puede que se olvide de alguna cosa –o de muchas-, pero aquí estaremos nosotros de viva voz, por fotos y  videos para recordárselo. Como él mismo nos ha dicho en un viaje «lo más importante del viaje es que  estamos los tres juntos». Así es.  Nuestro objetivo es crear un adulto tolerante, con experiencias a sus espaldas desde pequeño, que  sepa apreciar y valorar nuestro planeta.  Puedes seguirme en Instagram en @almudena_martin. Escuchar mi entrevista del podcast de  @maternidadviajera pinchando aquí, o leer mi anterior artículo «Sucedió en Islandia».

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